Mérida, en su aniversario (1)

De la serie «Mérida se nos va»

Por Armando Escalante Morales

Se nos va de las manos. Las costumbres y la identidad se pierden día con día. Parte de su pasado se destruye, y sus mejores atractivos se cancelan. En aras del progreso y del fácil dinero están ocurriendo verdaderos atentados en su contra y nadie parece percatarse de ello y menos impedirlo. Es la Mérida que se nos va y es la que necesita una urgente renovación. Un gran atractivo o valor de una ciudad son los árboles. Todos los días desaparecen –porque los talan- decenas de ellos, que caen por variadas razones, entre ellas, que algunos comerciantes quieren que se vean sus fachadas y anuncios y que no se tapen sus negocios. No hay semana que no compruebe que hay menos árboles en esta ciudad. Cada negocio nuevo así lo manifiesta. Cuando abre un nuevo establecimiento, varios árboles de los camellones o de las acercas amanecen en el suelo. Ya no digamos los que están dentro del negocio inaugurado. Sobran ejemplos: en una avenida se talan dos palmeras para que se vea el letrero de un comercio o el de un restaurante, en una glorieta se derriba un árbol que no está seco y no se planta ninguno para que se note el anuncio “espectacular” desde muy lejos. Esto se repite por todas partes. Está plenamente comprobado que se poda para que asomen a la vista el rojo, verde, azul, amarillo o naranja que lucen los letreros de las franquicias propias o importadas. De la noche a la mañana, uno descubre fachadas que no se habían visto antes porque ya no están los frondosos laureles o los flamboyanes que las cubrían. Pero a la deforestación sin medida e irracional, sigue la destrucción del espacio público: en calles y avenidas del norte o del sur, del oriente o del poniente se están colocando decenas de paraderos de autobuses, pensando no en que sirvan para guarecer a los pasajeros que esperan bajo el sol o la lluvia, sino en cómo se verá el anuncio que se coloca junto a este. Contra toda lógica, resulta que las carteleras son más anchas que las aceras y esa incongruente realidad parece que a nadie le interesa. En una escarpa de 1.20 se coloca la enorme caja del cartel luminoso. Los peatones deben bajarse de la acera o embarrarse entre el cartel y la pared para seguir caminando. ¿Quién lo permite o quién no lo ve? Y a la deforestación y a la destrucción del espacio público, se une el descuido: las entradas a la ciudad están en el descuido y es lo que miran cuando llegan a visitarnos los cientos de turistas que vienen en crucero o quienes arriban desde la ciudad de México. No hay ningún plan ni siquiera para lucir mejor cuando menos los días que pega un barco y sus pasajeros llegan a esta ciudad. Ni siquiera ese día nos esmeremos en ser y parecer mejores: ¿A quién le preocupa que el derrotero esté limpio? Se necesita que las rutas de acceso a la ciudad, ya sea desde México, Progreso o Cancún, estén siempre presentables; que los viajeros observen a su entrada la majestuosidad de la urbe y no tengan queja de ella. Y que las familias que arriban por carretera cuenten con información y apoyo en caso necesario. La lista de atractivos de Mérida es enorme. Además de sus árboles y de su mobiliario urbano, nuestra ciudad es bella por su arquitectura: por eso necesita que no se tiren casonas en pleno Paseo de Montejo para construir cajones de estacionamiento o cuartos de hotel, porque si seguimos así ¿qué ciudad vendrán a ver los turistas si los atractivos son derribados o hacemos o dejamos que se caigan? Mérida pierde frente a las megaplazas comerciales, que generan problemas de vialidad, porque su espacio para estacionamiento es insuficiente y porque se proyectan sacándole el máximo jugo al terreno sacrificando la comodidad del usuario; achocan los carros, mal trazan los circuitos internos y abandonan el sentido común. Los que pagan son los vecinos del rumbo. Vemos que proliferan negocios donde la vía pública se convierte en “su estacionamiento”. Un lavadero usa la avenida para que se formen en hilera los autos de sus clientes, mientras se les atiende; un centro de “autopago” se adueñó de toda una calle para ingresar con todo y carro a las cajas de cobro. Los vecinos y sus quejas, nunca importaron. De ese modo, hoy resulta sumamente fácil abrir un negocio y contratar una empresa de “valet parking”, sin importar que los automóviles finalmente son estacionados en los alrededores del rumbo donde abrió el nuevo comercio, restaurante o bar. Sobran los malos ejemplos y son contados los que cumplen.

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