La corta visión

Tiempo de Escribir

Por Armando Escalante Morales

Alejado de las profundidades de la corrupción que impera en el mundo de los permisos de uso de suelo, un empresario que solo piensa en su entorno y no se detiene a mirar a su alrededor, me preguntaba sin muchos argumentos que en qué me perjudica que algún nuevo restaurante no tenga estacionamiento.

Por supuesto, su pregunta la tomé con cautela porque a leguas se veía que mi interlocutor no sabe ni sabrá de la existencia de la ley y menos de reglamentos del ramo, que marcan la obligatoriedad para los particulares que inauguren esa clase de establecimientos. De entrada, allá estriba la primera razón. Simplemente porque las leyes se deben haber inventado para cumplirlas.

Tal parece que la gente sigue pensando que solo debe uno meterse en las cosas cuando le afecten en forma directa y nada debe de hacerse por ejemplo, a favor de una ciudad; tampoco sumarse a apoyar a unos vecinos afectados y menos hacer algo sin causa justificada. Con esa forma de pensar navegamos a todo dar, libres de problemas y seguramente la practican muchos ciudadanos que viven muy tranquilos, sin que nada ni nadie los perturbe.

Quizá le pude haber contestado que lo hago por que quiero a la ciudad, porque aquí moriré, porque aquí está mi familia y por no sé cuántas cosas más del mismo tipo. También le pude haber dicho que lo hago por sus hijos pero corría el riesgo de que me conteste que por ellos vela él, y que él le da lo mismo que la ciudad sea un caos o no. Total, no le dan de comer las cosas que estén bien o que estén mal.

También le pude haber dicho que los vecinos son los primeros afectados, que de vivir en un rumbo tranquilo ahora han perdido sus casas, sus propiedades se devaluaron y depreciaron y que pronto no les quedará otra más que mudarse a otra parte, lejos de la impunidad y la sinrazón.

Le pude haber dicho que la carencia de estacionamientos lleva a vicios y costumbres como la de los valet parking que solo le convienen al dueño del negocio y en nada ayudan al que lo beneficia, pues queda en riesgo de perder el vehículo, que le roben, la rayen o choquen el carro, por asistir a un negocio que luego no se hace responsable de nada.

Quizá debí decirle que es indebido que los demás negocios del ramo de la misma cuadra cumplan, y que a otros se les obligue y que el poder de un personaje sirva para burlarse y someter al resto de la sociedad.

¿Qué le contesté? Nada, absolutamente nada. El tema se desvío sin necesidad de responderle mis razones, porque se cruzó el frío o el calor o el sabor de una comida. Algo trivial debe haberse interpuesto, por fortuna, para ahorrarme saliva, palabras, argumentos, razones y tiempo.

Por esa clase de gente, sin ánimo de ofender, estamos como estamos. Imagine el lector que por personajes de poder que abren negocios violando los ordenamientos y aprovechando la impunidad de sus posiciones -sumada a la existencia de autoridades corruptas en desarrollo urbano-, y aderezada con alcaldes tibios y timoratos que transitan en los lodos de los negocios, superbisnes con los amigos, haciendo y deshaciendo en perjuicio de la ciudad, nuestra calidad de vida se va perdiendo.

¿Se imagina que será de Mérida en cosa de unos años con esa ensalada de tipos? ¿Qué será de nuestra ciudad con empresarios que creen que tienen derecho a hacer negocios por encima del derecho de todos?

Por eso estamos como estamos. Por ellos y por los que preguntan en qué nos perjudica que en esta pobre ciudad se siga haciendo nada para evitar que se viva en el caos en que ya vivimos. Y a todas estas ¿usted lector sabe qué significa querer a Mérida?

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