Propósitos (viejos) de todo año nuevo

Tiempo de Escribir

Por Armando Escalante Morales

Empezamos el año con el rezago del 2008 cargando vicios que amenazan con permanecer e instalarse en este nuevo año, sin que nada ni nadie pueda hacer algo por impedirlo.

Me dice el primo de un amigo que lamenta haber iniciado el año con su renovado pesimismo, ya que se enteró que en pocos días empezará nueva, absurda invasión de “paraderos publicitarios” que continuarán afeando la ciudad, sin que le importe ni a los inversionistas que los colocan –que creen que le hacen un gran favor a los pobres que usan camión- y tampoco a las autoridades que los concesionan.

Dice él que esos cobertizos –y que nos acompañe quien lo dude-, sirven para que la gente los llene de basura, para que rallen la publicidad, rompan los anuncios y los vándalos se roben los accesorios que hay en su interior. Menos mal.

Agrega que los asientos o bancas que tienen, siempre están manchados y con restos de comida, y dan cabida a suciedad y pestilencias, cuando no sirven para dejar desechos inmundos.

Pero lo más triste de esto –me cuenta- es que esos tinglados publicitarios son más anchos que el espacio que tienen las banquetas, de tal suerte que en algunas calles la gente se tiene que bajar de la escarpa para librar la enorme cartelera. ¿Eso no le importa a las autoridades? Pero por supuesto que no. Lo que vale es que el anuncio se vea. Aunque tape el paseo de los peatones. Total.

Yo le digo al primo de mi amigo que en medio de esta criticable conducta que asumen las ausentes autoridades municipales -la de cerrar los ojos a la realidad-, he visto casos extremos de paraderos que se han colocado en lugares donde no suele parar el autobús ya que lo que importa es que el punto sea un lugar que esté a la vista, pero de los automovilistas, aunque nadie camine por la zona.

También le conté que una vez cortaron un árbol que daba frondosa sombra para colocar uno de estos cobertizos con cartelera integrada que con el tiempo luego fueron retirados. Hoy la gente no tiene ni ese techo con mampara publicitaria, ni tampoco el gran árbol que los cobijaba. Por lo visto, coincidimos ambos, que año nuevo, vicios viejos. Y a las pruebas me remito.

Adivinanza. Las sillas de plástico, rojas, amarillas, blancas y azules que tienen varios negocios en pleno Paseo de Montejo -todas con espantosos logos de patrocinio- en una ciudad cultural como la nuestra ganan terreno. Y yo pregunto: ¿Deberían interesarle a algún narrador de cuentos y fábulas de la ciudad? ¿A alguna autoridad municipal? ¿A algún Regidor? ¿Al INAH? ¿A algún político en campaña? ¿A los académicos? ¿A los intelectuales? ¿A los dizque académicos y a los dizque intelectuales? ¿A los ciudadanos comunes? ¿A los corrientes? ¿A los dueños de las refresqueras? ¿A las cervecerías? ¿A alguna liga de acción? ¿A la sociedad protectora de animales? ¿Al Cotolengo? ¿A Simón, el rey del plástico?

¿A quién cree usted que deba interesarle que algunas taquerías, bares y proliferantes negocios de alcohol de la más importante avenida de la ciudad estén poniendo de nuevo esas espantosas sillas que se creían erradicadas? Yo se lo digo: a nadie.

¿Será cierto? Me informan que hay un par de damas que en el Ayuntamiento están luchando específicamente contra la corrupción que controlaba los permisos de Desarrollo Urbano en materia de construcción y de uso de suelo. Se supone que ambas laboran desde dos frentes para atajar las trampuchetas que avanzaron en esa dependencia, en la que el esposo de la ex directora –recomendado desde las alturas- se erigió como el único hombre capaz de abrir cualquier tipo de negocio, sin que se le atore ningún trámite, violando por supuesto el reglamento de la A a la Z. Pronto lo comprobaremos con un ilegal negocio que planean abrir sin los permisos debidos.

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