Sur profundo Vs norte abismal

Tiempo de escribir

Por Armando Escalante Morales

Surgió por ahí la pregunta de qué ha hecho el PAN en 20 años como gobierno municipal, por atender al sur de la ciudad, que es la zona más pobre dentro del área urbana de nuestra capital. No lo es del todo porque ese penoso honor lo tienen varias comisarías meridanas que compiten por llevarse el primer lugar de abandono, miseria, marginación, desempleo, etcétera, etcétera.

El cuestionamiento sale a partir de la muerte violenta de un joven del rumbo a manos de pandilleros. Y de verdad ¿qué han hecho los gobiernos panistas por esa parte de Mérida? Cada uno de los alcaldes que ha tenido la ciudad nos lo podría decir. Me consta el trabajo enorme que desarrolló en su oportunidad la administración de Ana Rosa Payán Cervera en una unidad que inauguró el presidente Vicente Fox.

Quien crea que la salvaje agresión cometida en pandilla por menores de edad, contra otro de sus iguales, es responsabilidad exclusiva del Ayuntamiento, está cometiendo –por decirlo suave- un acto de ignorancia plena. Si la acusación se dice por simple grilla, es entendible el comentario por ser de índole político, pero no lo es si se trata de un razonamiento profundo y quien lo sostenga, lo dice convencido.

El propio Carlos “Cheché” Ceballos Traconis, nos lo podría decir: él mismo, fue un gran impulsor de aquella unidad deportiva Fernando Valenzuela, situada frente al reclusorio, epicentro desde el cual detonó una cadena de obras por los alrededores, que no han parado, trienio tras trienio. Aquel edil, se propuso atender el lío de las pandillas que, para entonces, tenía ya algunos años de instalado y hasta logró reducir los pleitos del rumbo. Sobre esto han surgido toda clase de leyendas urbanas respecto a los tratos que en aquel entonces hicieron los priístas con Carlos Huchim Chel, quien fuera el líder visible del movimiento, pero lo cierto es que la época y la edad de todos, terminaron desinflando esta moda social.

Pero antes de las obras que empezó “El Cheché”, el Ing. Herbé Rodríguez Abraham trabajó intensamente por esa misma zona. Canchas, parques, calles, empezaron a aparecer por ese populoso sector. El último alcalde priísta, Tuffy Gáber Arjona, continuó desarrollando obras como lo hicieron luego, en forma más intensa, los seis últimos ayuntamientos panistas y como lo hace la actual administración. Creo que las obras de infraestructura no han faltado.

El sur de hoy, no se parece en nada a lo que fue en 1988 cuando este autor reporteaba en los juzgados penales. Cuadras de monte, sin una sola casa, rodeaban tres costados del penal. Y avanzar por la 60 sur, hace casi 30 años, era un peligro real circulando en automóvil, pero hacerlo a pie era un suicidio. Noche tras noche, los convoyes de la “Operación Colonias”, se metían por esas zonas y los pandilleros se fueron calmando.

Sin embargo, las obras no han podido suplir lo que se da en las escuelas que es algo de cultura, y menos han aportado la necesaria educación que se debe dar en los hogares. Por cosas del destino, la zona vive la presencia de diversos cultos y sectas que poco o nada han podido hacer para mitigar la descomposición social. Todas las religiones tienen decenas de templos. Eso si, en unas cuantas manzanas, se pueden contar más cantinas y expendios de alcohol que la suma de todas las escuelas que hay en 50 manzanas a la redonda. Las crónicas policíacas a veces informan que hay decenas de “casitas” donde se expende droga y nos hablan de la detención de narcomenudeadores.

Nada tienen que ver entonces las obras de infraestructura que han hecho las autoridades con la convivencia social. Está visto que no es un asunto geográfico ni de inversión pública. En el sur hay flamantes calles por decenas de cuadras donde la gente no tiene vehículo. Y ya cuentan con banquetas mejores que en muchas zonas del resto de la ciudad donde las casitas son el único testimonio real de que estamos frente a una zona paupérrima, donde mora la gente sin empleo o de salario mínimo.

Pero así como en el sur pasan cosas lamentables, el norte de la ciudad también tiene lo suyo, solo que hacemos como que no lo vemos. En algunas escuelas de paga, ya hay niñas de conocidas familias que golpean a las más chicas o a las más humildes. Las más pudientes humillan a las más educadas que, no tienen la conducta prepotente con que se conducen las “de clase”. En los kínders las educadoras conocen qué pasa en cada casa, por el lenguaje soez y grosero que tienen niños de apenas 5 años.

No es todo: al término de partidos de futbol escolares, suele haber riñas y no precisamente de relajo. Trompadas y patadas en serio, ocurren en las canchas de conocidos planteles del norte que han sido materia de conversación al terminar un domingo familiar. Un par de niños de 8 ó 9 años, filmaban con una cámara digital, como era agredido un tercero, en el fraccionamiento Villas la Hacienda.

Hay varios casos de conocidos jóvenes de “la sociedad”, estudiantes de escuelas caras e hijos de conocidos, notables empresarios o políticos, que han propinado salvajes golpizas a otros indefensos, al salir de los planteles, o al salir de los antros o al salir de una fiesta de quince años. ¿Y qué decir de los pleitos de padres de familia o las amenazas dentro de colegios particulares en medio de una convivencia social?

La diferencia entre aquel caso del sur donde hubo un muerto y los pleitos callados del norte estriba en que unos salen en las páginas de policía y los otros se ocultan de las de colores. Y si no llega la policía a detener a los mejor vestidos, es porque algún adulto se aparece y pone fin a la tortura. No ha desencadenado en una muerte porque no les ha dado tiempo. Es cosa de dejarlos un rato a sus anchas para ver qué hacen. ¿Nadie recuerda lo que pasaba en Sanjuanistas? ¿Ya nadie se acuerda de cómo quedaba el edificio de la policía al terminar un martes de Carnaval lleno de papás millonetas?

Frente a sus madres, fumadoras y tomadoras de agua, hace unos meses observé en una franquicia del norte, a cinco niños de un afamado colegio particular, divirtiéndose estallando con los pies, los sobresitos de salsa de tomate, de chile y de mayonesa. Sus deportivas progenitoras, incapaces de decirles algo, reían con ellos del asqueroso resultado impregnado en el piso. Era evidente que ninguna de ellas había sido bien educada.

Me dicen unos maestros particulares que jóvenes elegantemente vestidos, con carro del año, que tiran el dinero de sus padres en alguna de nuestras discotecas o bares, con frecuencia cometen actos de pandillerismo como patear puertas, rallar autos, ensuciar paredes, lanzar huevos, estiércol o aceite, a los guardias de las casas del norte –donde sus inhumanos propietarios los tienen a la intemperie-, y eso nadie lo lee en ningún lado.

Lo que pasa en un par de colegios particulares del norte, a media semana, cuando los choferes dejan a varias adolescentes alcoholizadas, semidormidas, luego de los 2 x 1 ¿eso es menos de lo que pasa a los pandilleros del sur?

Entonces ¿de qué desintegración familiar hablamos? ¿Sur profundo? ¿O norte hueco, abismal? No es cosa de obras ni de autoridades. El mal es más grande, está en toda la ciudad y, como dicen los expertos, “es multifactorial”.

Va en serio. A mi parecer, el Alcalde de Mérida tiene asomos de estadista. Contra todo lo que este articulista pueda achacarle por su estilo, personalidad arrebatada y en general por su forma de ser, tengo que admitir que el miércoles 14 pasado César Bojórquez demostró una faceta que merece apoyo sin regateos: está pensando seriamente en reubicar el derrotero del Carnaval, en aras de que luzca, de que la gente pueda apreciarlo mejor, y de que la vida de los demás meridanos que no van a esa fiesta, se transtorne, como ocurre al cerrar la mitad de la ciudad.

Si él no lo hace, me temo que no lo hará nadie. Sus excelentes relaciones comerciales con los medios, pero sobre todo, su poder de negociación, sumado a la oportunidad que tiene frente a sí de pasar a la historia por esa valiente decisión, constituyen elementos más que suficientes para respaldarlo.

Salvo que alguien quiera boicotearlo, este presidente municipal tiene la valiosa oportunidad de regalarle a la ciudad una de las mejores decisiones: no seguir usando el pobre Paseo de Montejo para la penosa exhibición de las borracheras que ocurren al finalizar los desfiles del Carnaval, en cada una de las barras-tarimas de artistas y radiodifusoras.

¿También va en serio la limpia en Desarrollo Urbano?. Salvo que yo mismo compruebe lo contrario, es justo decir que a partir del cambio de titular de esa terrible oficina que da y quita los permisos de construcción, que define los usos del suelo y que por tanto es cómplice –como ninguna- del daño o bien que se le haga a Mérida, se empiezan a tomar medidas para intentar componer el enorme daño que ya se hizo a la ciudad con autorizaciones indebidas, ilegales o de plano falsificadas.

Hay en esa dirección, gente -que se me antoja decirlo así-, no entró a lucrar con las licencias, ni tampoco a vender sus servicios como gestor único para abrir giros difíciles. Al contrario, acaban de entrar a componer e intentar erradicar las numerosas redes de corrupción que añejamente funcionan en esa dirección.

Aunque se tomó una decisión, a mi juicio tardía, para tratar de enmendar los grandes deterioros que en cosa de un año o más se cometieron ahí, debo reconocer que cuando menos algo ya se empieza a hacer. Cierto es que en cada empleado puede haber un mal servidor, corrompido por los cientos de ciudadanos que a diario acuden ahí a intentar resolver, mediante mordidas, la apertura de negocios, locales y demás giros, que no cumplen los mínimos requisitos de ley. Pero lo importante será que esto no siga ocurriendo, y mejor sería que se castigue.

Sería excelente que el daño que causó la gente que se fue, al tolerar decenas, quizá cientos de violaciones a la ley y al reglamento del ramo, pudiera corregirse: pueden empezar por ejemplo por las farmacias de la letra “A”, que han de ser un caso aparte para investigar, porque invariablemente gozaron de protección para impúnemente hacer obras indebidas. Baste el ejemplo de la situada frente a la fuente del Circuito Colonias y la prolongación del Paseo de Montejo-, que indebidamente tiene una entrada en medio de la glorieta, cuando en ninguna de las otras tres esquinas se había permitido eso. ¿Se atrevería el Ayuntamiento a cerrar ese ilegal acceso?

Caimede o ¿caimiedo?. Con tantas penas que le causa a la sociedad lo que pasa al interior de este centro, con tantos problemas que dan las autoridades al tenerlo bajo su cuidado pero aún más, con las vergüenzas que nos hace pasar a todos los demás adultos que no hacemos nada ¿no será tiempo ya de tomar una decisión histórica que ponga a esa institución en manos de un cuerpo mutidisciplinario, de profesionales, auxiliados de una directiva, de un consejo especializado, de todo un equipo de gente decente que se ocupe de su operación y que el gobierno solo tenga una silla en su administración?. Así los pobres infelices que fueron llevados ahí para supuestamente protegerlos de padres violentos o por carecer de ellos, no caerían en manos de sujetos que violan niñas, de cocineras y trabajadoras sociales que las golpean o directoras que los castigan y menos serían víctimas de sujetos impreparados que nada hacen por cuidar a los menores ahí recluidos.

¿A ninguna autoridad le da vergüenza todo esto? La procuradora del menor y la familia –que ignoro quién sea y ni la conozco- debería, renunciar a su puesto, en solidaridad con los infantes por los cuales no puede hacer nada o cuando menos en señal de protesta por lo que ahí pasa.

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