Por Armando Escalante Morales
Está visto que el tema de la vialidad no tiene remedio en Mérida; no se toma en serio y no estamos preparados para hacerlo, ni los ciudadanos por supuesto y menos, mucho menos, las autoridades. La policía yucateca, que tiene entre sus atribuciones la solución de muchos problemas en calles y avenidas, se ha hecho a un lado, dejando que una empresa particular que vende semáforos resuelva a su conveniencia el futuro del tránsito en la ciudad. Ya nos han hablado de los nexos que conectan a la semaforizadora con el departamento de servicios técnicos y será tema de otro artículo, llegado el momento.
El tema vial se atiende en forma desordenada, hay casos aislados y no se conectan unos y otros en sus obligaciones por resolverlo. Por ejemplo, los legisladores, convocan a la sociedad a una consulta para integrar un nuevo reglamento del ramo como si la sociedad -una parte, toda o algún grupo-, tuviera cuando menos una visión mediana o regular de lo que se requiere en una urbe como la nuestra. Salvo algunas cosas relevantes, se puede decir que menudean los disparates, como de costumbre, y en las propuestas lo que nos falta es sentido común.
Enfrascados en combatir solo lo visible como una moda, quienes impulsan la reforma en el reglamento vial se van por las ramas sin ver el árbol. Así, se planea desatar una guerra contra el uso del celular con el argumento de que se distraen los conductores y chocan. Nada que pruebe semejante aseveración fundamenta la intención de prohibir su uso mientras se maneja. Surge de una lógica y no de una estadística probada y comprobada. Tal vez sea cierto que la gente se distrae hablando, pero también lo hacen oyendo el radio o el estéreo, prendiendo un cigarro o cambiando un disco. Los policías, por ejemplo, se distraen hablando por radio, con una mano manejan y con la otra checan la computadora, oprimen el micrófono y hasta usan el altoparlante para decir: “oríllese a la orilla”.
Cuando se termine el dichoso nuevo reglamento, quiero ver quién va a ser el valiente que le quite, prohíba o decomise, a los choferes de las combis del transporte colectivo –por ejemplo-, las televisiones que traen en el tablero, que suelen mirar mientras manejan, dan cambio y bromean con las guapas que suben a diario…todo mientras mandan mensajes por celular, claro. ¿A qué ni se les había ocurrido? Con poner un retén en las calles que solo exija licencias de conducir, pararíamos a media ciudad. Hay 400,000 vehículos registrados y menos de la tercera parte de personas con licencias actualizadas.
Y es que siempre la visión simple, corta y chiquita estará presente en el plasmado de leyes y reglamentos que intentan corregirse, más para sacar iniciativas de la congeladora, que por actualizar los ordenamientos para ponerlos a la altura de las circunstancias. Eso no significa que nuestros legisladores, público y expertos participantes, no tengan asomos de “vanguardistas” al pretender educar a la sociedad en el traslado de los menores, y obligarlos a usar sillas especiales porta bebés, para automóviles, pasando por el uso del cinturón que ese si, está comprobado que salva vidas o el casco para los motociclistas. Claro, falta ver que se apliquen las multas a quienes no cumplan con tener una silla que no baja de 300 pesos.
Volviendo al tema de la vialidad, aún no dejamos de lamentar que la parte antigua de la ciudad haya sido diseñada para carretas y coches de caballo, con espacio para apenas dos carriles, cuando nos enteramos por la prensa que la autoridad municipal sigue construyendo angostas avenidas por las zonas que se supone son el futuro de la urbe. Vamos al ejemplo: se trata ahora de una arteria perech –con dos carriles de ida y dos de vuelta- convertida en una curva zigzagueante que solo termina cuando hay que hacer alto y se sale de ella. Nuevo y moderno disparate. Dicen los expertos que a caballo regalado no se le puede mirar el diente, y que el terreno donde se pavimentó la avenida fue donado… y me pregunto ¿por eso hay que hacerla angosta y mal?
Teniendo espacio suficiente para hacer zonas de ascenso y descenso para autobuses -y de paso evitar que los transportes paren el tráfico al subir o dejar pasaje- la nueva avenida sin embargo, pronto se convertirá en una traficada vía donde ocurrirán, por su trazo de triple curva, en una zona de accidentes frecuentes. Ya la tuvieron que bautizar como “avenida de segunda” porque apenas se empieza a recorrer no se puede meter tercera y hay que ir a 20 kmh, velocidad que, por supuesto, nadie va a respetar.
Ojalá que el futuro centro comercial que ahí se levantará –y que es el que marcó el ridículo trazo de la arteria-, se demore unos años en levantarse, porque seguro que pasarán tres cosas: sus entradas al estacionamiento serán perpendiculares, no tendrá calles de desaceleración y parece que tampoco tendrá calles a los costados para uso del centro comercial. Los dueños querrán que las colas para entrar a las tiendas se hagan en la vía pública como lo hace Telmex en su centro de autopago, y que nadie se lo podría prohibir.
Otro ejemplo. La vialidad no solo no tiene remedio en la Mérida vieja sino que tampoco lo tiene en la moderna. Enfrente de la sucursal Banamex de la calle 60 norte, en su crucero con el Circuito Colonias, donde por años funcionó la popular tienda Super Maz, por fin se repavimentó la desbaratada zona de la riel del ferrocarril. Pero…de nada sirvió porque de inmediato, le colocaron un ¡¡borde para delimitarla!! Increíble.
Resulta que ese espacio que quedó espléndido para poder avanzar a un costado de la vía, esta semana se restringió al tránsito ya que –a algún genio del mal- se le ocurrió ponerle un anacrónico borde de camellón, volviendo a reducir el ancho de los carriles para dejarlo como siempre: hecho un embudo. Una auténtica caballada. Los conductores habíamos creído que, al fin, una persona sensata –desde algún escritorio municipal- se había dado cuenta que yendo de norte a sur sobre la 60, al cruzar el circuito, y pasar precisamente frente al banco, se formaba un tremendo cuello de botella por las paradas de autobús, creyendo que por ello dispuso la repavimentación del tramo. Ilusos.
Y supusimos que esa zona que siempre ha estado destruida y que ahora fue reparada, serviría para poder pasar cómodamente sorteando el “tren verde” del empresario camionero Rafael Canto que –con decenas de buses- obstruye el paso diariamente en ambos sentidos. Poco nos duró el gusto: enseguida, algún ingenierito de escritorio, mandó reducir el espacio que se había ganado. Nunca lo entenderé porque hay otros numerosos cruceros donde la riel está pavimentada –en un espacio diagonal- y los vehículos pueden usar un mayor espacio para cruzar, como en la confluencia de las avenidas Pérez Ponce y Alemán.
La sentencia. La vialidad, no nos hagamos ilusiones, no tiene remedio en Mérida y la ciudad está condenada a padecer los mismos vicios que otras urbes mal trazadas, donde las leyes solo están en el papel, como ocurrirá con el futuro reglamento de tránsito y su flamante prohibición de hablar por teléfono mientras se maneja, como máximo trofeo.
Pena ajena. Al término de los paseos del llamado Carnaval, como siempre, los dueños de la fiesta, o sea las empresas cerveceras asociadas con cadenas de radio y televisión, harán de las suyas, con el consentimiento de las autoridades municipales que año tras año –sin darse cuenta- han ido acabando con la celebración por más que intenten hacer creer que se trata de un festejo familiar, para convertirla en una gran borrachera. No es otra cosa que el alcoholismo promovido por las mismas autoridades que se llenan la boca diciendo que lo combaten, y que luchan por evitar las adicciones, bla-bla-bla-bla.
Y es la claudicación de la autoridad, sea del partido que sea, cumpliéndose así aquella sentencia de que “todo por servir, se acaba”. ¿Alguien se acuerda de las críticas periodísticas que había contra las autoridades priístas por la cantidad de expendios de cerveza que había en el paseo? Yo me acuerdo bien. Había 10 puestos en todo el derrotero. Hoy, 20 años después, se autorizan 100 en el mismo trayecto que no solo no ha crecido sino que se ha encogido. ¿Verdad que no tenemos memoria? Muchos tampoco tienen vergüenza.
