El «cuento» de la reubicación del Carnaval…

Más allá de la consulta ciudadana, votada en urnas transparentes, que a lo mejor es simulada o con segundas intenciones, lo cierto en torno al tema del Carnaval en el Paseo de Montejo y su derrotero es que muchos parecen no entender la diferencia entre lo que está dañando la fiesta y lo que la puede salvar de su caída estrepitosa.

Ya he dicho en otros textos que el Carnaval de Mérida –en México- solo dura dos horas, cuando mucho tres, y consiste en el desfile de carros alegóricos y comparsas con algunos grupos disfrazados. El derrotero del desfile abarca de la avenida principal de esta ciudad, el Paseo de Montejo, hasta 4 cuadras después del centro de la ciudad, para un gran total de 20 cuadras, algo así como dos kilómetros.

En realidad son cinco días los que se consideran más activos: el evento inicia luego de la quema de Juan Carnaval, tiene desfiles  los días jueves (prescolar) viernes, sábado y lunes por las tardes y noches; domingo y martes al mediodía. Para permitir su desarrollo, hay dos grandes sectores que se ven afectados por este evento: el centro histórico de Mérida (a lo largo de las calles del parque de Santana), desde las calles 60 y 47, hasta la Plaza Grande y de este punto, en la 62 con 61 hasta la 69 (parque de San Juan) y el segundo es una zona hotelera y turística, en pleno Paseo de Montejo, desde el Monumento a la Patria hasta la calle 47. En todo este sector hay elegantes casonas, bancos, tiendas y otros servicios, que se ven afectados el tiempo que dura el festejo.

No obstante, este desfile que es muy vistoso y por el cual se preocupan mucho las autoridades, se está haciendo cada vez más corto, más sencillo, con menos carros y menos gente participando en él, convirtiendo en forma obligada a todo el que participe, en un comercio ambulante. Ha dejado de ser un evento tradicional para volver en un mero acto comercial.

A un buen ritmo, el evento inicia su recorrido y en menos de 3 horas, la parte final ha llegado al centro de la ciudad, donde la gente lo da por terminado y se retira sin saber qué mas ocurre a “nombre” del Carnaval.

Resulta que al terminar de pasar el último carro alegórico por el Paseo de Montejo, miles de familias con niños se van retirando y hacen su aparición cientos de jóvenes y adultos que, en realidad, lo que desean es que acabe la tradicional parada para poder tomar su lugar cerca de alguna de las llamadas “tarimas” que colocan de común acuerdo empresas cerveceras y de promotores de espectáculos, en unión con estaciones de radio y televisión. Ahí, por supuesto, el atractivo es un centenar de puestos de venta de cerveza barata…a la par con comercios de refrescos y alimentos servidos en condiciones antihigiénicas.

Este show de artistas y cantantes lo manejan entre 4 ó 5 grandes empresas que son las interesadas en promover sus espectáculos. Por supuesto, el interés de unos es promover la audiencia de sus negocios de radio y televisión, lo cual es muy sano. El problema es que para conseguir su cometido, deben buscar los patrocinios de las firmas cerveceras. Esto es lo que está marcando la diferencia.

Pocos se acuerdan, pero el Carnaval de Mérida, hace 25 ó 30 años, no se basaba ni centraba en la venta de cerveza… y hace dos décadas apenas empezó a reunir unos cuantos puestos de cerveza que se concesionaban a organismos de beneficencia para poder obtener los permisos. Es decir, era algo prohibido.

El daño

Con el paso de los años, todo se trastornó y de ser una fiesta absolutamente gratuita, pasó a tener gradas, palcos y sitios cercados, para quienes paguen. Y finalmente, el Carnaval de Mérida se echó a perder cuando las empresas de radio y de televisión se unieron a las cerveceras para montar espectáculos adicionales que duran unas 5 horas, teniendo como saldo miles de personas alcoholizadas, enfrentamientos, choques y pleitos de pandillas y, hasta acuchillados.

La zona del Paseo de Montejo, con sus comercios, bancos, y tiendas cerradas, con todo y sus elegantes casonas y monumentos, es la más afectada porque todos colocan rejas y alambradas para protegerse. Abundan los puestos de fritangas, con tanques de gas y aceite hirviendo, muy cerca de juegos infantiles, carentes de servicios como baños y agua corriente. Se colocan sanitarios portátiles que resultan insuficientes y con tanta gente ebria, al final, cualquier rincón se convierte en baño público.

Para cuando la mayoría de la gente está totalmente borracha, ya han pasado unas cuatro horas de que se terminó el desfile del último carro alegórico y la fiesta no tiene para cuando terminar. Es la policía la que tiene que marcar el final de la fiesta, “apagando” la música, y suspendiendo la venta de bebidas alcohólicas porque todo empieza a salirse de control.

Para ese momento, ya hay decenas de detenidos en los numerosos puestos de control que tiene la zona…convertida en una gigantesca cantina en la vía pública, que curiosamente, es una actividad prohibida en la ciudad. De hecho, varios negocios de la zona formalmente instalados, tienen letreros que rezan: “prohibido el consumo en la vía pública…”.

Mientras todo esto ocurre en el Paseo de Montejo, en la zona centro de la ciudad las cosas van cambiando y las calles se vacían de gente y el tránsito se abre a la circulación vial, sin mayor problema. Es el reverso de la moneda…y es precisamente la zona donde mejor se vio el desfile de carros alegóricos y de comparsas. El desfile duró 3 horas y la borrachera en el Montejo lleva 5 horas o más.

Hoy, como muchas otras veces, se abre la discusión sobre si debe mejorarse la organización de la fiesta llevándola a otro sitio más atractivo, donde no se dé este hacinamiento ni haya problemas de inseguridad y excesos.

Las autoridades tienen la intención de remodelar el Paseo de Montejo, construir un auditorio en un terreno cercano a la zona de los hoteles y transformar la vida de esa zona que hoy se ve atrapada cada año, cuando a “nombre” del Carnaval, cinco empresas se disputan la venta de alcohol y la presentación de artistas y espectáculos.

De nuevo surge el «fantasma» o falso debate de la reubicación de este evento, sin admitir que lo que, en realidad la afecta y perjudica no es el desfile de carros alegóricos y comparsas, sino la fiesta de artistas y borrachos que se «celebra» en el Paseo de Montejo y lo deteriora.

Se habla de una nueva consulta que, de entrada, se organizaría para saber si la gente quiere cambiar o no el derrotero, como si de eso se tratara el problema.

Conclusiones

Equivocados están quienes se crean el «cuento» de la consulta y hasta participen en ella. Un acto de autoridad debe ser tomar la decisión de romper con lo que daña a la sociedad asumiendo el costo político. En este caso, no requerimos saber qué piensa la sociedad de una fiesta que, ni siquiera la misma gente ha entendido que es una vergüenza.

Pocas sociedades, salvo las más civilizadas, son capaces de participar en consultas serias y objetivas y darse a sí mismas medidas de beneficio a cambio de sacrificar algo. Difícilmente en Mérida la sociedad sea autocrítica de sus propios males. Más fácil es dejar que las cosas se queden como están. En especial, si se trata de hábitos apegados a la incultura.

Así las cosas, difícilmente la autoridad se atreva a tomar la decisión de mover las cosas como están porque el año que viene, cuando se aproxime la fecha del Carnaval, en Yucatán, como en el resto del país, ya estaremos en plena efervescencia política en campañas locales y federales. ¿Se animarán a perder votos?

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