Tiempo de escribir
Por Armando Escalante Morales
Todas las semanas se generan falsos debates que la prensa ventila en sus páginas y se los receta a lectores, radioescuchas y televidentes en grandes espacios, dándole muchas notas y comentarios a temas insólitos, absurdos, con el ingrediente único –eso si- de que no son verdaderos.
En realidad solo están en el ánimo de quien impulsa su seguimiento desde una redacción para llenar espacios y no como algo profundo. Es la explotación mediática de un asunto, pero solo eso.
Me refiero en concreto al caso de la pena de muerte que, sin realmente estar en la mesa de discusiones, ni ser un asunto relevante para el destino de la Nación, durante toda esta semana -por ejemplo- motivó cientos de notas, análisis, comentarios, horas de radio y televisión, a lo largo y ancho de la República Mexicana.
El interés personal de un Gobernador de poner el tema en la mesa –para atraerse reflectores- sin duda fue algo negativo, pero la repetición que hicieron sus colegas al dar largas, prolongadas disertaciones sobre la idea de aquel, resultaron algo patético.
Si los medios andan mal difundiendo y explotando el morbo popular, los políticos que se animan a opinar sobre estos casos, son peores. Algunos ni están enterados del tema y acceden a dar su punto de vista, pero solo quedan en ridículo.
Al final, la pena de muerte ha quedado como otras notas semanales, en el olvido, y solo sirvió para mover el ambiente unos días, quedando por ahí la conclusión de que no se puede aplicar en México porque las cárceles siguen llenas de gente inocente que, con una disposición radical serían sentenciados a morir víctimas de la corrupción judicial.
Los políticos deberían tener gente a su alrededor que los entrene en el difícil arte de quedarse callados, algo que sin duda es casi imposible para quienes dependen de la exhibición mediática y no de su trabajo.
Sería tan valioso que aprendan a mantener apretados los labios para no repetir absurdos, pero mejor sería –hubiera sido- hablar de que el debate sobre la pena de muerte en realidad no está en la mesa de discusiones y, “no tengo nada que opinar”. Y si el reportero insiste, la mejor salida siempre será un punto de vista positivo como por ejemplo, “es papel de quienes hacen las leyes, revisarlo y someterlo a votación”. Ante nueva insistencia, no quedaría otra que responder: “vivimos en un país de leyes y no se trata de lo que yo piense, o quiera, sino de lo que se establezca desde el ámbito legal”.
Eso era todo. Hay que zafarse, como deberían hacerlo todos los políticos sensatos –los ha de haber- de todos los temas que son falsos, para obligar a los medios a publicar realmente asuntos de interés real y no falsedades que se originan en otra parte del país.
Pero hay políticos que no resisten una cámara, una grabadora o un micrófono… y enseguida opinan de lo que sea. Incluso aceptan meter su cuchara en asuntos que ni conocen. Eso abona al penoso, triste papel de algunos medios que elevan asuntos y temas que no están a discusión, engañando a la sociedad con noticias que tienen fecha de caducidad inmediata.
Quemados. Por ejemplo, los medios deberían estarnos informando de cuántos niños y adultos ingresan a los hospitales las noches de invierno, cercanas a la Navidad y Fin de Año, víctimas de quemaduras de pólvora.
Como cada año, no solo los políticos en su imagen, sino mucha gente resultará quemada, perderá una extremidad, dedos de una mano, incluso dejará de escuchar por lesiones al tímpano, por las famosas bombitas que solo en el nombre llevan el diminutivo; en realidad son verdaderos artefactos explosivos, bombotas, petardos, que lesionan, dañan y molestan a miles de personas y hasta a los animales.
Toco el tema porque nadie lo hará en la tribuna de una regiduría, ni de un espacio de representación popular. Ninguna autoridad se ocupará y dejará el caso a los médicos y enfermeras que pasen la noche el 24 y el 31 de diciembre, en las áreas de urgencia de los hospitales públicos y privados.
Que hablen con los socorristas y con los bomberos para que sepan y conozcan lo que sucede con la venta indiscriminada de estos productos que cada año cobran nuevas víctimas. En los Ayuntamientos, nadie hará nada. En las unidades de protección civil, menos. En los países civilizados, los bomberos acuden a las escuelas a dar pláticas sobre el manejo de estos explosivos. Aquí debería ser Protección Civil.
Todos hemos explotado bombitas de niños y no tenía nada de malo. Jugamos con los barrepiés, hoy chifladotes y gozamos las velitas romanas, muy inofensivas, así como los llamados cerillos sicodélicos. Nada de eso existe ya. Lo que hay en la calle son peligrosos productos chinos, elaborados con suficientes gramos de pólvora para matar a una persona o causarle graves lesiones. No se diga a los pobres animales que son los más afectados en esta temporada.
Lo que en unos días se venderá en las esquinas de Mérida es lo contrario: a lo largo de toda la Avenida Itzáes, del Paseo de Montejo, su prolongación, del Circuito Colonias, y hasta en la puerta de las plazas comerciales, se ofrecerán enormes bombas, artefactos de pólvora muy elaborados, que detonan y causan un gran daño a quien esté cerca, y lo más increíble: con permiso del uso del suelo el Alcalde. El cuento de las autorizaciones que da la Zona Militar, es solo eso, un cuento de la autoridad municipal para huir, también de esa responsabilidad, por ser un asunto delicado.
El peor alcalde que ha tenido Mérida, el anterior al actual, impulsó la costumbre de autorizar en cada esquina de las principales avenidas de la ciudad, la venta de estos productos. Antes solo se ofrecían en puestos del primer cuadro y en unos cuantos camellones; ahí se vendían las llamadas velitas romanas y otros inofensivos artificios. No es lo mismo que uno acuda a comprar su bolsa de bombitas y petardos en un lugar del centro –como lo hicimos de niños en los puestos de piñatas- a fomentar la venta y distribución masiva por toda la ciudad como lo hace el Ayuntamiento, alentando el consumo. Eso nos deja en condiciones realmente peligrosas y solo la gente inconsciente lo sigue fomentando.
Conclusión. Ni lo prohíben, ni lo controlan ni asumen su responsabilidad con una campaña de prevención. Son ineptos instalados en puestos públicos, que afectan a la ciudad con sus decisiones y que destruyen a las sociedades con su permisiva conducta. Por supuesto, nadie moverá un dedo. Lo afirmo.
Aniversario. Este ejemplar que tiene usted en sus manos, está numerado; viendo la portada, puede usted darse cuenta que la semana que viene La Revista Peninsular llega a su edición número 1000. Pocas revistas en el país han alcanzado salir tantas veces a lo largo de los años. Largo, difícil trayecto, siempre cuesta arriba, es el que se ha tenido que recorrer. Felicitaciones sinceras a quienes impulsan esa nave.
