Un pésimo año

Tiempo de Escribir

Lo único bueno del 2008,

es que ya se acabó.

Por Armando Escalante Morales

Lo podemos borrar del calendario de una vez e intentar hacerlo de nuestros recuerdos. Ni siquiera es un número que se pueda apuntar en la bolita y no vale la pena comprar billete con esa terminación porque ya está claro que es de mala suerte. Se trata del 2008, uno de los peores años que hemos vivido y sufrido, según un breve balance en lo general y en lo particular, consultando a propios y extraños.

Platicando con amigos, conocidos y parientes, con los amigos y conocidos de éstos, el saldo es bastante malo. Sin duda cada quien podrá hablar de cómo le ha ido, pero las historias de éxito no son muchas, y si, por el contrario, las penas, infortunios y malos ratos, abundan.

Han sido doce largos meses que no han dado descanso ni tregua a nadie: cuando no termina un mes malo, el que le sigue es peor y luego viene otro pésimo para dar paso a uno más negro que el primero.

Las circunstancias que empezamos a vivir en este país de unos meses para acá, con un futuro incierto, con cientos de ejecutados a diario en todos los estados mexicanos -aún en los pacíficos y tranquilos como el nuestro- nos revelan la descomposición progresiva, creciente, de la sociedad mexicana, fruto del descuido de años en la educación, del olvido a varias generaciones, de la falta de inversión y de tantos otros descuidos originados por la pobreza.

El balance es crudo: los decapitados que a diario aparecen en cualquier ciudad, nos confirman que en la calle hay cientos de cortadores de cabezas sueltos que siguen cercenando extremidades sin piedad; están repartidos a lo largo y ancho de todas las ciudades, todas, por la creciente presencia del narcotráfico. Están en cualquier lado menos tras las rejas. Jamás hemos escuchado que los detenidos del narcotráfico diga: si, yo corté una, tres, cinco cabezas.

El secuestro que antes era para ricos hoy lo es para pobres y está a la orden del día. Puede ser un adulto o un niño; una joven o un muchacho de apenas 15 años. El común denominador es pagar un rescate para luego encontrar muerta a la persona plagiada. ¿La causa? Ninguna. Dicen los psiquiatras que los sicarios son gente que disfruta cometiendo sus crímenes y no siente igual que los demás. En su mayoría, los perpetradores de estos ilícitos promedian los 25 ó 30 años de edad y gozan matando a gente inocente. En el fondo, se nutren de la desgracia y la fatalidad. Ver sufrir a los demás es su alimento. El dinero, corre en paralelo, pero no es el móvil.

Las policías no se dan abasto para atender las amenazas por teléfono con extorsiones que ya nadie nos las cuenta: están entre nosotros y llegaron para quedarse. Dos, tres casos en la familia, son el saldo positivo. Los demás casos –unos 10- son de amigos y conocidos que cayeron en traumáticas situaciones. Llamadas telefónicas falsas son una constante en Mérida y un cuento que conoce de cerca alguna familia ligada a nosotros y a nuestros conocidos. Ya todos tenemos una historia que contar.

En materia de seguridad, nuestra sociedad despertó del sueño que dormía, creyendo que Yucatán era una tierra en la que no pasaba nada. Resulta que, aquello que fue un secreto a voces, finalmente quedó al descubierto: aquí vivían desde hace muchos años los narcos hasta que otros intentaron ganarles la plaza. Metidos en privadas, o en zonas residenciales, en casas enormes o de fraccionamiento, disfrutando de haciendas, con vehículos de lujo, circulando igual que nuestros hijos, conviviendo quizá en las mismas escuelas, comprando junto a nosotros en el supermercado. Vidas de lujo, ostentación y derroche. Confundidos y mezclados: buenos y malos.

La guerra entre los bandos se desató y, como nos dijera el Secretario de Gobernación recientemente fallecido, los barones de la droga se disputaron el territorio, cobraron venganzas, exhibieron narcomensajes y aterrorizaron a la sociedad yucateca que no estaba acostumbrada a los ajustes de cuentas. Los retenes, patrullas y revisiones sorpresivas son normales entre nosotros. Cruzamos en medio de ellos y hasta los apoyamos. Hay quienes piden que no los quiten.

En lo político, el balance no es ni remotamente mejor: malas relaciones entre los partidos, pleitos internos, falsedades de los bandos e ismos; mentiras de los derrotados que se dicen arrepentidos, que muestran la soberbia que los pinta de cuerpo entero; triunfalismos excesivos de los que se creen ganadores, que ordenan venganzas e impulsan traiciones de unos contra otros. De funcionarios que se asestan golpes bajos, que practican filtraciones -fuego amigo- a base de subterfugios, amiguismo y compadrazgo; o que apoyan el pago de favores y vetos. En suma: lo peor que se ha visto en la historia yucateca ha salido a relucir en este año que llega a su fin.

En lo social el resultado no es diferente: rodeados de una sociedad apática, silenciosa, superficial, convenenciera, acomodaticia y ausente; sin valores, desobligada y amante de lo material, impulsando una juventud en muchos hogares dedicada a la vida hueca de las páginas y revistas de colores, carente de espiritualidad y de valores morales, pese a egresar de los otrora “mejores colegios” de la ciudad. La cultura del Gym, de la estética, de la liposucción o del implante, es lo que rige sus vidas.

El año cierra con un mal saldo en la pérdida de valores, pero es más grave lo que está pasando con los adolescentes y jóvenes: decenas de suicidios, divorcios e infidelidades; hogares destruidos con personas dañadas emocionalmente por siempre. A ninguno de los conocidos casos que hoy se disputan en largos juicios la custodia de los hijos, les importan en realidad ellos. Cada cónyuge separado libra una batalla con el otro, y ambos quieren la venganza. Mientras la encuentran, los niños van de un lado a otro, los plagian o los cambian de residencia, sin el permiso de quien los tutela. La semilla que está creciendo en esos menores, presagian adultos con algún daño emocional, fruto de unos padres que hoy viven atrapados en hacer valer sus excesos y voluntades. Es el triunfo de la intolerancia.

En lo empresarial crecen los fraudes y la corrupción para amasar fortunas, al tiempo que se registra un aumento en la evasión fiscal y prolifera el uso de prestanombres en nuevos negocios. Creciente apertura de bares, discotecas y antros, gracias a la expedición ilícita de nuevas licencias aprobadas por las autoridades de todos los colores. Cinismo e hipocresía oficial, evidenciando la doble moral de colocar retenes antialcohol al tiempo que se amplían los horarios de venta y consumo.

Desvergüenza oficial de las autoridades al organizar seminarios que revelan el aumento de muertos por accidentes de tránsito sin decir que la mayoría ocurren por el elevado consumo del alcohol, a pesar de los cacareados “conductores designados”.

Sin embargo, 2008 termina reflejando su peor cara: una sociedad yucateca joven y adulta –sea rica, clase mediera o pobre- que padece un elevado consumo de drogas, lo mismo entre grandes que entre chicos. Ni qué decir de la manifestación triste de vicios que no conocíamos con gente que se duerme apostando en alguno de los casinos de moda el dinero de la colegiatura y le amanece jugando con dinero prestado. A diario muchos se quedan sin casa, sin auto, sin familia, para poder pagar su costosa afición por las máquinas de apuestas. Empeñando el prestigio y perdiendo la camiseta.

En lo económico, que va junto con lo social, ni qué decir: el corte se vislumbra grave porque apenas empieza a crecer el desempleo y el subempleo, pero las noticias nos dan una idea de lo que se nos viene encima. Cero inversiones, falta de liquidez, dinero caro. “Crecimiento negativo” le llaman los expertos. Sueldos que no avergüenzan a los patrones: empresas pobres, empresarios ricos y cínicos. La proliferación de negocios de usura, al margen de la ley, que prestan dinero a cambio de quitarle sus pocos bienes a los más pobres, es el mejor espejo de lo mal que están las cosas. Verdaderos pillos están detrás de estos puestos de agio.

Sin embargo, todo este negro panorama yucateco resulta ser lo menos malo mientras a uno le quede salud. Pero cuando ya no se tiene salud, o se ve menguada por las enfermedades de moda, la situación empeora. El 2008 termina con decenas de casos de gente apreciada que fue diagnosticada con cáncer, que sufre de embolia, problemas de hígado o es víctima de infarto.

La lista de fallecimientos en este período es larga: se nos han ido en este pésimo año amigos y parientes, lo mismo personas buenas que seres humanos ejemplares. Es triste pero en 2008 nos dejaron hombres y mujeres queridos, de bien, de conducta intachable. Duele la muerte de alguien cercano, pero nos lastima más que ese alguien haya sido un excelente ser humano. Ciudadanos ejemplares, valiosos, ya no estarán más con nosotros, se adelantaron y lo peor, es que con ellos se rompió el molde. No habrá más gente así.

Termino mi negativo pero documentado análisis –pesimistamente moderado además- reflexionando sobre la salud menguada de algunos amigos y conocidos, de parientes apreciados, sabiendo de casos de otras familias que sufren por estos días el desenlace final de alguna prolongada enfermedad. Algunos han ganado tiempo, siguen luchando en batallas que nos llevan del dolor al deseo de que pronto cese aquel sufrimiento.

Por eso, dentro de lo que cabe, no está de más esperar que a muchos más les esté yendo bien, que sean ajenos a estas circunstancias –que ni las vean, ni las oigan- y gocen de empleo, estabilidad, seguridad, pero sobre todo de mucha salud: el deseo es que la crisis no los alcance y menos la realidad.

Solo nos queda disfrutar de la única fortuna, por el momento buena, que es nuestra propia salud. Con ella podemos gozar de nuestro máximo tesoro: la familia.

Feliz Navidad a los lectores y que en el 2009 todos estos males económicos, políticos, sociales pero sobretodo morales, sean menos que en el año que por fin, se termina.

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